Se retiraron revestimientos, se recuperaron vigas y se abrió una franja alta de ventana para robar luz del norte. El presupuesto alcanzó ajustando al tamaño real de las necesidades. Una estufa eficiente, estanterías de tablones reciclados y un banco corrido resolvieron el confort. Aprendimos que cada capa eliminada libera aire y decisiones, y que la paciencia del desmonte es la aliada más generosa.
En Piran, se lijaron puertas antiguas, se repararon herrajes y se pulió un suelo de terrazo que dormía bajo linóleo gastado. Cortinas de lino sin dobladillos pretenciosos suavizaron la luz vibrante del mediodía. Con dos mesas encontradas y sillas desparejadas se habilitó un comedor encantador. El mayor hallazgo: dejar respirar los vacíos y confiar en la historia tangible de cada material elegido conscientemente.
La planta baja se concibió como cocina-comedor abierta para talleres de pan, encuentros de productores y cenas largas. Se instalaron bancos corridos, percheros de forja y un horno de leña que ordena el ritmo. La posada prosperó al integrar calendarios de temporada, trueque de saberes y música en directo discreta. El resultado muestra cómo el diseño firme y cercano amplifica vínculos y estabilidad económica.